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¿Un uso terapéutico para el LSD y la psilocibina?

23 octubre, 2009
La solución psicodélica. elargentino (nota de newsweek). 21/10/09. Por Russ Juskalian. El LSD y la psilocibina, un compuesto alucinógeno extraído de un hongo, podrían poner fin al tormento de la cefalea más dolorosa que se conoce. La llamada “cefalea en racimos” es una de las afecciones más dolorosas que se conoce en la medicina. Muchísimas víctimas llegan a contemplar el suicidio. En un foro de pacientes, Gustavo dice que lleva seis años sufriendo este “maldito, inexplicable, incomprendido y terrible dolor”. “Le he pedido a todos los dioses, santos, vírgenes, chamanes, imanes y deidades que me quiten este dolor que me hace perder la razón y pensar hasta en matarme”, escribió.
¿Un uso terapéutico para el LSD y la psilocibina?
De todos los colores…
Aunque parezcan personas normales, y fácilmente podrían ser sus vecinos o colegas, los afectados tienen historias de vida atroces e increíbles. Su afección está bien documentada, no se termina de comprender muy bien, y es devastadoramente dolorosa. Los medicamentos que usan para tratar y por lo menos reducir el sufrimiento a veces ponen en riesgo la vida, suelen producir daños físicos y, en general, son psicológica y emocionalmente debilitantes. Como regla general, el diagnóstico se retrasó durante años, los médicos y neurólogos no familiarizados con la dolencia los llamaron histéricos, y probaron innumerables tratamientos fallidos. Ahora, algunos pacientes están encontrando un alivio insólito: las drogas psicodélicas LSD y psilocibina. Algunos informes anecdóticos sobre su efectividad incluso empiezan a atraer la atención de importantes universidades dedicadas a la investigación.
Muchas víctimas de cefaleas en racimos creen que el término “cefalea” es un término que no expresa la sensación, o la causa subyacente, de un ataque. Bill McConnell, un paciente de las afueras de Chicago, manifiesta que es como tener un picahielo caliente presionando en el extremo del ojo y atravesando la parte posterior del cráneo; otras personas lo comparan con un demonio triturando la cabeza y metiendo su dedo a la fuerza en la cuenca del ojo, lo cual supera con creces los efectos de una migraña severa. “Si todo el mundo hubiera sentido esto solo cinco minutos, nos harían una plaza con estatua ecuestre y demás adornos por sobrevivir a este suplicio”, dice Gustavo.
La forma más común de la afección es episódica. Durante los episodios, de dos a tres meses, las cefaleas atacan hasta 10 veces por día y, por lo general, duran entre 45 minutos y tres horas. Como un mecanismo de relojería, los episodios casi siempre comienzan y terminan cerca de la misma época todos los años, y las cefaleas suelen aparecer a las mismas horas todos los días.
Nadie sabe con certeza la raíz de las cefaleas en racimos. Las teorías incluyen desde defectos en el nervio trigémino, que se ramifica hacia la mandíbula, el rostro y la frente, hasta una inflamación irregular de las principales venas del cráneo. En 2002, médicos argentinos del Hospital de Clínicas reportaron que el tormento en una paciente estaba causado por la migración de un relleno dental a un seno nasal, después de una explosión. Pero los últimos estudios de resonancia magnética sugieren que la principal causa serían cambios estructurales en el hipotálamo, la parte del cerebro encargada de los ritmos circadianos y otras funciones vitales.  
Los tratamientos tradicionales se concentran en detener una cefalea que ya comenzó mediante la auto-inyección de fármacos como sumatriptán o dihidroergotamina, que comparten similitudes químicas y biológicas con el neurotransmisor serotonina; o apuntan a prevenir los ataques con bloqueadores de los canales de calcio, como verapamilo, y corticoides, como  prednisona. El oxígeno en estado puro suele ser efectivo para detener un ataque que acaba de comenzar, pero debe ser administrado casi de inmediato, y requiere tener cerca el tipo de mascarilla y tanque de oxígeno correctos. Por desgracia, el uso excesivo y a largo plazo de los tratamientos más tradicionales puede provocar terribles efectos secundarios, entre los que se incluyen mala circulación, fibrosis de los órganos, alteraciones cardíacas y de la presión arterial, diabetes tipo 2, osteoporosis, ansiedad, y otros trastornos biológicos y psicológicos. “La enfermedad no te mata”, dice McConnell. “Pero puede que el tratamiento sí lo haga”. 
Bob Wold, presidente de la asociación de pacientes Cluster Busters, tiene una historia parecida a la de muchos miembros del grupo. Sus dolores de cabeza fueron diagnosticados de manera incorrecta durante cuatro años (incluso le extrajeron algunos dientes porque su dentista sospechaba que el dolor era causado por caries ocultas).  Cuando recibió el diagnóstico correcto, ninguno de los 75 medicamentos que probó le proporcionó un alivio duradero. Durante un episodio especialmente doloroso, en el que comenzó a analizar la posibilidad de un tratamiento quirúrgico radical y casi experimental que hubiera implicado cortarle sus nervios trigéminos y eliminar toda sensación de su rostro, Wold encontró una conversación online sobre el uso del LSD o la psilocibina para tratar las cefaleas en racimos. Estaba indeciso, pero 45 minutos después de su primera dosis de psilocibina, pudo darse cuenta de que algo extraordinario sucedía. “Mi cabeza estaba más despejada que lo que la había sentido en 20 años”.
Pero en su búsqueda de tratamiento, Wold también había infringido las leyes. De acuerdo con la Ley de Sustancias Controladas, el LSD y la psilocibina corresponden al Anexo 1, la clase de drogas con mayores restricciones en Estados Unidos. No pueden recetarse por ningún motivo, y la posesión está sujeta a prisión, independientemente de cualquier atenuante médico. Incluso a los investigadores de las principales universidades del país les resulta casi imposible obtener autorización y el financiamiento necesario para estudiar sus efectos en seres humanos. A los enfermos de cefaleas en racimos les resulta particularmente complicado conseguir LSD, una droga difícil de fabricar. Pero una zona legal poco definida facilita el acceso a la psilocibina: si bien los “hongos mágicos” contienen psilocibina, sus esporas no, y el comercio por Internet de las esporas de hongos psicodélicos es legal en la mayoría de los estados norteamericanos. 
En el sitio web de los Cluster Busters, el grupo advierte que la potencia de los hongos puede variar, pero de 1 a 1,5 gramos de Psilocybe cubensis secos —una dosis que Wold considera efectiva para muchos pacientes con cefaleas en racimos— produce una leve relajación, cierto efecto embriagador y la sensación de que los colores son un poco más brillantes. McConnell señala que la parte más desenfrenada de su primera experiencia fue observar que las luces del árbol de Navidad parecían un poco más brillantes y recargadas que lo habitual. En estos niveles, se evitan las alucinaciones y el pensamiento mágico inusual, aunque algunos pacientes requieren cantidades tan altas que inducen a un viaje psicodélico completo.
En una reciente conferencia de los Cluster Busters en Chicago, aquellos que sufren esta horrible enfermedad insistían en que toda esta cuestión sobre el LSD y la psilocibina no estaba relacionada con drogarse, sino con el tratamiento. Todos contaban historias similares sobre el temor de probar algo ilegal por primera vez; sobre cómo ajustar cuidadosamente las dosis para obtener alivio y, a la vez, evitar o por lo menos limitar las experiencias psicodélicas; y sobre el alivio increíble de terminar un período de dolor, o impedir que comience el siguiente.
En los seis años desde que fundó Cluster Busters, Wold recopiló gran cantidad de información. Dice que el LSD generalmente actúa con una sola dosis, mientras que la psilocibina suele requerir tres, distribuidas en algunos días, para detener un episodio que ya comenzó, así como dosis de mantenimiento dos veces por año para impedir que se produzcan nuevos episodios. Wold manifiesta haber documentado más de 500 casos de personas que usan este método, y que, en líneas generales, el 75 por ciento de quienes lo probaron experimentó reducciones significativas de los síntomas.
Los tratamientos informados por los pacientes siempre deberían considerarse con escepticismo, afirma John Halpern, director del Laboratorio para la Psiquiatría Integradora del McLean Hospital, y profesor adjunto de psiquiatría de Harvard. Pero la solidez de la evidencia anecdótica de Wold justificaba seguir investigando.  Por eso, en 2006, Halpern y sus colegas Andrew Sewell y Harrison Pope Jr. publicaron un análisis de entrevistas con 53 individuos que habían probado LSD o psilocibina para sus cefaleas en racimos. Lo que descubrieron fue sorprendente: un 41% de los que tomaron psilocibina durante un episodio de cefalea en racimos (que puede durar meses) informaron que la intensidad o la frecuencia de los dolores de cabeza se redujo, y el 52% afirmó que el episodio finalizó por completo; además, el 95% de los que tomaron psilocibina entre episodios señaló que se retrasó o evitó totalmente su próximo episodio. El estudio fue preliminar, pero los expertos ahora intentan replicarlo en un entorno controlado.
Halpern se quedó perplejo por algo que observó en los datos del estudio que los miembros de Cluster Busters ya sabían: muchos de los entrevistados encontraron alivio con dosis no psicodélicas. ¿Era posible que alguna otra cosa estuviera aliviando las cefaleas en racimos, más que la experiencia alucinógena en sí misma? ¿Podían separarse estas dos cosas? Después de todo, la psilocibina y el LSD son químicamente similares a la serotonina, un neurotransmisor que desempeña un rol importante en la parte del cerebro vinculada a los dolores de cabeza, y a algunos de los fármacos usados como tratamientos tradicionales. Con el apoyo del McLean Hospital, de la Escuela de Medicina de Harvard y de Medizinische Hochschule Hannover en Alemania, Halpern y un equipo comenzaron un estudio piloto tratando a los pacientes con cefaleas en racimos con BOL (también conocido como 2-Bromo-LSD), una sustancia casi idéntica al LSD, pero no psicodélica. Halpern presentó resultados preliminares a comienzos de este año en el Congreso Internacional de Cefaleas, y aunque sólo unas pocas personas habían participado en el estudio, todos habían experimentado una de mejoría importante.
El éxito precoz del BOL les brinda a los pacientes esperanzas de obtener un tratamiento legal con menores efectos secundarios. Pero lanzar un nuevo fármaco al mercado lleva años, y no hay garantías de que el BOL continúe teniendo un desempeño tan bueno si llega a una etapa más avanzada de los ensayos clínicos. Mientras tanto, algunos de los pacientes —quienes se refieren eufemísticamente a sus ataques como “danzas”, aún cuando se retuercen de dolor, se balancean, se tiran del cabello, golpean las paredes, sienten que alguien les tritura la cabeza, lloran y gritan— harán lo que deben hacer para aliviar su dolor. Incluso si eso implica violar la ley.