Logo Sertox

Portal latinoamericano de toxicología

  • Español

Relato de ciencia-ficción sobre el tabaco

24 abril, 2009
La Edad del Suicidio General. criticadigital.24/04/09. Según la Historia del Mundo escrita en 2537, a principios del siglo XXI el denominado "cigarrillo" mataba cada seis segundos. Martín Caparrós.Nota de SerTox: el vinculo de esta noticia no está disponible o ha sido modificado.
La página era extraña, y llamarla página ya es un abuso de lenguaje. De hecho, las letras que la poblaban no eran letras sino una forma rara de figurar palabras, una forma que yo entendía pero no sabría describir. Y el idioma que formaban también me resultaba misterioso, desconocido pero comprensible. Quién sabe cómo me había encontrado con esa Historia del Mundo escrita en 2537, y la encaré con el placer de saber, antes que nada, que el mundo seguiría existiendo en 2537, y con el miedo, después, de todas las otras cosas que estaba por saber. Era una ilusión: vaya a saber por qué, sólo conseguiría leer lo que el ¿libro? contaba hasta el año 2000.
“Se han intentado muchas definiciones de esa época –decía, poco más o menos: la prosa académica seguía siendo ríspida–: la llamaron la Edad de la Revolución Industrial, la Edad de los Grandes Genocidios, la Edad de las Comunicaciones, la Edad del Primer Socialismo, pero nada define a esos años comprendidos entre 1880 y 2000 mejor que el título, ya consagrado, de Edad del Suicidio General.
“Fue un momento civilizatorio muy curioso: la humanidad creció como nunca antes, la población mundial pasó de 1.500 a 6.000 millones, las sociedades saltaron del ábaco a la computadora, del sulky –decía sulky– al jet, de la charla en la esquina al celular, del teatro de títeres a los 300 canales de televisión, de la muerte por gripe al transplante de corazón, de los imperios coloniales a las repúblicas formalmente independientes, de la sumisión de las mujeres a su participación en los gobiernos. Y, al mismo tiempo, se generalizó entre aquellos hombres y mujeres el uso de unos artefactos muy primitivos que, consumidos en cantidades suficientes, aseguraban la muerte anticipada: consistían en hojas secas y picadas de una planta llamada tabaco, envueltas en un pequeño cilindro de papel alquitranado que se consumía prendiéndole fuego por una de sus puntas mientras se mantenía la otra entre los labios. Los consumidores inhalaban el humo resultante que, tras envíar a sus pulmones, expulsaban tratando de formar figuras: era lo que entonces se llamaba ‘fumar’. Ese humo o fumo producía enfermedades muy diversas que aceleraban en varios años la muerte del usuario.
El uso de los llamados "cigarrillos" acompañó aquel crecimiento social y demográfico: en 1925 se consumían en todo el mundo 10.000 millones de especímenes por año; en 2000, 15.000 millones por día. No había ningún otro producto que vendiera más unidades en todo el planeta. Y no hubo ninguno, nunca, que tuviera su eficacia venenosa: a principios del siglo XXI el llamado ‘cigarrillo’ era la primera causa de muerte en el planeta y cada seis segundos mataba a una persona: más de cinco millones por año. Pero ya entonces se empezaba a percibir su declive. En esos años, el peso del consumo pasó a los países más pobres, porque los ricos empezaron a prohibirlo. La ofensiva se justificó, inicialmente, por razones económicas: los Estados arguyeron que el costo médico de la atención de los fumadores era enorme, y que las grandes tabacaleras debían solventarlo, por lo que les cobraron multas gigantescas. El argumento era taimado: en realidad, gracias a la muerte anticipada de los fumadores, los Estados se ahorraban muchísimo dinero en pensiones y otros gastos afines.
“En cualquier caso, los fumadores de los países ricos empezaron a sufrir una fuerte descalificación social –‘fumar, decia una canción de época, es cosa de negros’– y las grandes tabacaleras volcaron su esfuerzo comercial al entonces llamado Tercer Mundo, con todo éxito: en el año 2000 el mundo contaba 1.200 millones de consumidores, de los cuales 1.000 millones vivían en los países pobres.
“Lo curioso, lo realmente curioso es que, según las descripciones de época, el consumo del ‘cigarrillo’ no era particularmente placentero: se trataba –informan– de un humo caliente, que inundaba la boca con un sabor amargo, podía causar tos y mareos, impregnaba a quien lo usaba de un olor repugnante y no producía ningún efecto especial sobre su conciencia. Las descripciones insisten en que otros consumos en boga tenían ventajas evidentes: las bebidas alcohólicas ofrecían buen sabor y un agradable estado de euforia, las plantas cannábicas una ensoñación descrita como muy placentera, las cocáceas una sensación de poder y energía. Por supuesto que todas ellas –sostienen– podían resultar muy desagradables si se consumían en dosis excesivas, pero ése era el mecanismo de esos mecanismos: algo que se consumía por placer y provecho resultaba displacentero y dañino si se consumía demasiado. El ‘cigarrillo’, en cambio, no resultaba particularmente benéfico ni deleitable en ninguna dosificación y, sin embargo, fue la droga más consumida.
“Los estudiosos nunca pudieron dar una explicación satisfactoria al enigma de por qué la humanidad decidió envenenarse sistemática y laboriosamente con ese adminículo. Una de las hipótesis más en boga fue la de la venganza. Como decía un texto de esos años, en su característica monserga de época: ‘La venganza es un proyecto complicado: supone la fabricación de una idea de justicia donde esté claro que quien las da las toma, el reconocimiento de una ofensa dada, la convicción de que es intolerable, la decisión de que debe ser retribuida con algo semejante, el establecimiento de un plan para llevarla a cabo. La venganza es, si acaso, la construcción más clara de un futuro. En octubre de 1492, un barco enclenque se erigió como símbolo de una operación sangrienta y eficaz: un continente se apoderó de otro, lo refundó de cabo a rabo y, en el entrevero, treinta o cuarenta millones de personas del otro murieron más rápido aún que de costumbre. Durante siglos, la matanza de americanos quedó como un baldón sin desagravio; recién ahora empezamos a saber que la venganza americana fue terrible: aquellos días de octubre, los marineros aburridos, calientes y famélicos que llegaron a esas costas se encontraron con morochos desnudos que chupaban la punta de un rollo de hojas encendido por la otra. Aquellos caribes ponían los ojos en blancos, gritaban con errores de ortografía y fornicaban como demonios de antes del HIV. A veces convidaban. Encantados, los marineros se llevaron el tabaco de vuelta a sus comarcas: ahora, 500 años después, esas hojas resultan ser el veneno más mortífero que la humanidad ha conocido’.” “La hipótesis de la venganza fue, durante muchos años, la más aceptada por la comunidad académica. Aunque algunos decían que era sólo un juego literario y otros señalaban que no quedaba claro quién era el sujeto vengador, su fuerza estaba en la debilidad de las demás: no había qué oponerle. Ninguna era satisfactoria. No se podía aceptar que miles de millones de personas se hubieran envenenado conscientemente día tras día porque, como sostenían algunos, ‘el cigarrillo les daba la sensación de libertad’. Ni que fuera ‘una expresión del sentido trágico de la vida en la modernidad’. Ni que deviniera de una ‘colosal campaña de marketing y engaños infernales’. Ni que fuera ‘el correlato civil y voluntario de una época que, por sus grandes holocaustos, estuvo dominado por la muerte’, ni ninguna de las innumerable otras.
“Ni siquiera entonces, durante el Gran Suicidio, circulaban explicaciones claras, y esto también es un dato sobre aquella cultura. Pero, en general, el problema no se planteaba como tal. Y, cuando sí, lo que podemos encontrar son expresiones de perplejidad: ‘Hay algo tenebroso en este privilegio de ser la única cultura conocida cuyos miembros se envenenan a conciencia y sin mayores justificaciones’, escribió, por ejemplo, un oscuro plumífero de esos años, Martin Caparrós” –leí, y la página que no era página se fue desvaneciendo ante mis ojos.
Así, parece, nos verán dentro de cinco siglos. Es triste comprobar cuánto confunde la distancia, qué poco nos entenderán esos pobres señores nonatos –pensaba, justo antes de parar, ya mismo, porque me tengo que ir a por tabaco.