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Fuerte impacto medioambiental en la cuenca del río Doce, afectado por un vertido minero tóxico

21 mayo, 2016
Una herida de barro tóxico de más de 700 kilómetros. La catástrofe medioambiental dejó 1.200 desalojados y acabó con la vida de 17 vecinos. Por Germán Aranda. elmundo.es. 20/05/16. 
  • Cincuenta millones de toneladas de barro tóxico río abajo en Brasil
  • Vale y BHP tendrán que pagar unos 40.000 millones de euros
El horizonte es un valle cubierto por lodo tóxico con una sierra al fondo y la neblina del primer invierno, sobreviven algunas palmeras y unas pocas ruinas de lo que hace seis meses era el distrito rural de Bento Rodrigues, perteneciente al municipio de Mariana, de Minas Gerais. Allí residían hace medio año unas 600 personas que tuvieron que dejar su vida a medio hacer y abandonar sus casas destruidas, entre un total de 1.200 desalojados contando otros barrios, cuando el 5 de noviembre del pasado año una avalancha de barro se les vino encima y mató al menos a 17 vecinos, al romperse una represa mineradora que derramó 50 millones de toneladas de barro mezclado con hierro y otros metales en la mayor catástrofe ambiental de la historia de Brasil.Leer relacionado:  Brasil: preparan recuperación de la cuenca del río Doce, afectado por un vertido minero tóxico
Fuerte impacto medioambiental en la cuenca del río Doce, afectado por un vertido minero tóxico
Limpiando lodos tóxicos
Jefferson Inácio (28 años) mira desde la carretera hacia lo que fue su hogar. GERMÁN ARANDAJefferson Inácio, que mira desde la carretera hacia lo que fue su hogar, hoy reducido a fango, recuerda muy bien aquella tarde. "Estaba en casa cuando escuché un estruendo enorme y al asomarme por la ventana empecé a ver una avalancha de barro bajando por la ladera, derribando árboles y edificios. Avisé a mi madre y conseguimos huir, como la mayoría de los vecinos. Subimos a un monte y cuando la avalancha frenó bajamos y rescatamos varios cuerpos muertos, de quienes no habían conseguido huir. Fue muy triste", rememora. Le cuesta al joven brasileño explicar todo lo que perdió: "Mi vida está aquí con mi familia, mis recuerdos muy vivos y el resto, si no está enterrado en el barro se lo llevó la avalancha hacia abajo".
A sus 28 años, Jefferson Inácio está desempleado y, como no es el cabeza de familia, no recibe el subsidio que Samarco, la empresa responsable de la represa que se rompió y de la negligencia de no haber atendido a ingenieros que advirtieron del peligro meses antes de que sucediera. "Ganaba unos 1.800 reales (425 euros) trabajando en los cultivos un amigo y hoy recibo el 20% de lo que gana mi padre, o sea 160 reales (40 euros). Y no hay trabajo, por la crisis y porque Samarco era la que más empleo daba en la región", lamenta Jefferson, que vive con sus padres y hermanos. "Algunos que no están acostumbrados a la vida en la ciudad están empezando a vender drogas porque no encuentran otro sustento", reconoce.
Una segunda oportunidadOtros vecinos son más optimistas, como José do Nascimento, Zezinho, uno de los líderes vecinales que ha encabezado las negociaciones con la empresa junto a un fiscal de la región para conseguir los subsidios. Asegura que "Samarco ha cumplido con sus deberes de subsidios alquileres sociales", si bien su situación es más cómoda: a sus 70 años, jubilado, reside con su mujer, pues sus hijos viven fuera del municipio, en un apartamento más que digno proveído por Samarco. La empresa pagará la reconstrucción del barrio en un terreno rural que se está buscando en cooperación con los vecinos, por lo que la vida de los vecinos en la ciudad es un paréntesis provisional. En el país, que vive una grave crisis política, el desastre está prácticamente silenciado y eclipsado por el proceso de impeachment que ha derribado al menos temporalmente a la presidenta Dilma Rousseff.
La fiscalía brasileña, después de meses evaluando los daños a través del trabajo pericial, determinó la semana pasada que Vale y BHP, las empresas brasileña y australiana respectivamente propietarias de la filial Samarco, tendrán que pagar un total de 155.000 millones de reales -unos 40.000 millones de euros- como resarcimiento por los daños sociales y ambientales causados. No sólo los vecinos de Mariana fueron afectados, sino también centenares de pescadores del Río Doce que vieron como todos los peces (nueve toneladas de peces muertos fueron encontradas semanas después de la avalancha) morían al bajar el fango con la corriente fluvial.
Fuerte impacto medioambientalDurante semanas, las poblaciones colindantes al Rio Doce no podían consumir agua y se abastecían con agua mineral. Hoy, "los análisis de agua no dan un nivel de metal por encima de los índices recomendados", asegura Dante Pavan, doctor en biología de la Universidad de Sao Paulo (USP) y uno de los portavoces de GIAIA, organización que trabaja evaluando el impacto ambiental del desastre de manera independiente al gobierno financiándose mediante donaciones. "Aunque yo no bebería ese agua", advierte Pavan, que cree que "es muy pronto para saber el alcance del impacto ambiental del desastre " y lamenta "la falta de transparencia" de los estudios oficiales y las pocas investigaciones independientes sobre el terreno. "Los estudios de Samarco y del Estado no están ofreciendo los datos básicos para saber la dimensión del problema. No sabemos exactamente lo que hay en los deshechos del barro", lamenta, y asegura que "los ecosistemas de dentro y alrededor del río nunca serán los mismos", en parte debido a la turbiez del agua que impide hacer la fotosíntesis a las plantas y plancton y afecta a la cadena alimenticia, los peces y los pescadores. "Tampoco sabemos cómo se van a desarrollar los peces con este agua, si morirán por asfixia o si serán aptos para el consumo humano", añade. Lo que sí muestran los estudios oficiales es una satisfactoria reducción de la turbidez del agua, lo que podría favorecer cierta recuperación de los ecosistemas.
Los daños llegan hasta el mar, a 700 kilómetos de la represa, y en algunas playas se avistaron enormes manchas marrones adentrándose en él. El biólogo André Ruschi, que falleció el pasado mes de abril, aseguró en entrevista con EL MUNDO en noviembre del pasado año, poco después de la tragedia, que la llegada del barro al mar tendría un impacto sobre el ecosistema del Atlántico equivalente "a la explosión de diez bombas atómicas dentro del océano" e incluso aseguró que podría contribuir al aumento de la temperatura global. "Al entrar en la cadena alimenticia, los residuos irán quedando concentrados en cada depredador mayor hasta alcanzar cargas fatales", añadió.
Parte del lodo mezclado con hierro y otros metales va quedando sedimentado en el fondo del Río Doce y otra parte se va diluyendo al adentrarse en el mar. Esto, que puede ser positivo para la calidad del agua del río y para los pescadores, podría ser fatal para las especies marinas.