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Contaminación con plomo y otros metales pesados en Córdoba

21 julio, 2008
Alerta por metales pesados en el aire. lavoz.com.ar.  20/07/08. El más problemático es el plomo, con niveles industriales en zonas despobladas, por la caza de palomas y fundiciones.  El transporte, la industria y la agricultura, las actividades del hombre en general, están dejando sus huellas en la naturaleza cordobesa. Los metales pesados son uno de esos rastros que tardarán cientos de años en borrarse y que, si no se frena su avance, pueden traer graves riesgos para la salud. 
Un trabajo del Instituto Multidisciplinario de Biología Vegetal (Imbiv) de la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad Nacional de Córdoba (UNC) estudió la presencia de estas sustancias en el aire en el sector central de la provincia de Córdoba. 
“Los resultados muestran cuáles son las zonas que podrían ser consideradas de alerta para algunos metales pesados y en las que hay que realizar un seguimiento midiendo su concentración en aire a fin de conocer si existen riesgos para la salud de la población”, comenta María Luisa Pignata, investigadora del Imbiv y directora del estudio realizado también por Eduardo Wannaz. 
Los investigadores detectaron niveles de plomo en el norte de la región estudiada (cerca de Villa del Totoral) tan altos como en países altamente industrializados. Ésa fue la primera alarma de su trabajo, que formó parte de un estudio en 13 países para comparar los niveles de metales pesados en el mundo. 
También confirmaron que el sector de la ex mina de uranio de Los Gigantes sigue emanando este elemento radiactivo, aunque en bajas cantidades. A su vez, en la zona de Malagueño detectaron niveles altos de níquel, una señal de que alguna industria estaría trabajando sin las medidas ambientales adecuadas. 
Finalmente, las concentraciones más altas de cobre se relacionan con la actividad industrial de la capital cordobesa y los agroquímicos en la zona este de la provincia. En tanto, el cinc está relacionado con el transporte, por lo que se halló en mayores proporciones en el corredor de la ruta nacional 9. 
En diferentes concentraciones, estos metales pueden ocasionar problemas en la salud de las personas (ver Fuentes y efectos). 
Una de las principales características de los metales pesados como contaminantes es que una vez que ingresan al ambiente, pueden permanecer en él durante siglos, acumulándose e incrementando el riesgo de exposición en humanos. 
“El hombre está expuesto a los efectos tóxicos de los metales pesados a través de la inhalación, la ingestión de agua contaminada, la exposición a suelos o residuos industriales o el consumo de alimentos contaminados”, puntualiza Pignata. 
La investigadora explica que una vez que el metal se incorpora al suelo y a las aguas subterráneas, es muy difícil eliminarlo. “Que el metal sea acumulado por la planta empleada como bioindicador es una señal clara de que está presente al menos en suelos y en sus formas biodisponibles”, señala. 
Trabajo de campo. La investigación se basó en el estudio de una plaga en Córdoba: el clavel del aire. Hay un principio elemental en biología que dice que en un ser vivo está representada la composición de metales del lugar donde habita. 
“Los metales son elementos químicos que no se pueden degradar a nada. Al estar en su estado elemental, los organismos que viven allí los pueden asimilar o eliminar, pero nunca transformar, como sucede con compuestos orgánicos como los pesticidas. Los seres vivos no pueden escapar a estos metales”, aclara Pignata.
Para el trabajo, primero se elaboró una grilla en el territorio a estudiar, con 81 puntos distanciados 25 kilómetros entre sí. En cada punto se recogieron entre 40 y 50 claveles del aire, para tener una buena representación de la zona. En tres años, se tomaron tres muestras de cada punto. 
La toma de muestras fue una tarea ardua. En la primera parte del proyecto, la recolección de claveles se realizó con el auto de Pignata. “Dejó de servir, porque nos dimos vuelta en un muestreo”, cuenta. 
Luego obtuvieron un subsidio para alquilar un auto. “Uno se imagina que los puntos están cerca, porque son 25 kilómetros, pero en el medio hay alambrados, montañas. El máximo que se podía hacer era cuatro puntos por día”, explica Wannaz. 
Luego, los claveles se analizaron en laboratorio con diversos métodos. Para ello, se eliminaron el agua y sus compuestos orgánicos, hasta convertir los claveles literalmente en cenizas. 
Estas cenizas fueron analizadas con espectrofotometría de absorción atómica, que mide la huella lumínica de cada metal a partir de ondas electromagnéticas. La presencia y la intensidad de esas ondas determinan la existencia y concentración de cada metal. 
También se utilizaron otros instrumentos más precisos, como fluorescencia de rayos X, y el método por activación neutrónica en un reactor nuclear que la Comisión Nacional de Energía Atómica tiene en Ezeiza, provincia de Buenos Aires.